El cándido candidato y su encanto

De RH, el candidato a la presidencia que obtuvo la simpatía de seis millones de electores en la primera vuelta de las presidenciales, se ha dicho que es un viejito encantador. Trataré de descifrar los resortes de su hechizo, anticipando desde ya que en él participan sus electores, más de lo que ellos mismos podrían creer; que no es solo responsabilidad de este “novel” político, también de los millones de simpatizantes que tiene. En este sentido, no se trata acá de hacer un análisis del personaje, sino de intentar explicar algunos elementos de la relación de su electorado con él.

Muchos hemos visto los videos en los cuales el publicista que maneja su campaña, cual consueta o experto ventrílocuo le hace repetir una y otra vez ciertas frases a RH, hasta que memorice el texto. También vimos que lo sacaron del set a las volandas cuando un periodista le preguntó por el proceso de corrupción en el que está imputado. De ese asunto, de la forma como algunas de las características del candidato son construidas por los vendedores de humo y por los intereses de los grandes grupos económicos, propietarios de los medios de comunicación del país, que salvo algunas excepciones no han escatimado esfuerzos para inclinar de manera grosera la balanza en favor de RH, de esos factores que finalmente son determinantes a la hora de influir a los votantes, no me ocuparé en este breve texto, como tampoco del uso de las redes. Es indudable que han metido la mano para construir al personaje, pero también es cierto que el candidato, como él mismo escribió en un trino –¿o sería Beccassino?–, tiene lo suyo, una singularidad sobre la que los medios edifican la explotación o la capitalización –y no utilizo acá esos términos en sentido figurado– del lazo entre él y su electorado, que es a lo que dedico estas notas. 

La puesta en escena

Una serie de entrevistas al candidato RH, recogidas en un reciente informe de Caracol radio, muestra lo ocurrido con una de sus promesas cuando aspiraba a la Alcaldía de Bucaramanga. Creó una campaña llamada, “20.000 Hogares felices” y repartió 40 mil cartas numeradas, en los barrios más pobres de la ciudad. Cada tenedor de esa carta “debía registrarse en una página, meter el número de la carta y guardarla, con seguridad […] bajo llave, porque si salía elegido tenía que ir con esa carta a la Secretaría de Desarrollo Social a reclamar su vivienda”, explica el informe. Una vez llegado a la Alcaldía, se hizo el sorteo para elegir a los 20 mil felices ganadores, entre 39 mil inscritos, pero se terminó su periodo y el alcalde no cumplió.  

Mi propósito no es mostrar el incumplimiento de una promesa de campaña con la cual engañó y utilizó a 20.000 familias, sino explicar la manera como parte del electorado de hoy, al escucharlo en las entrevistas en las que se le interroga por ese episodio, lejos de despreciar al candidato por ese ilícito, constituye un fuerte lazo de complicidad con él, a costa de sí mismos. 

Primero llama mentiroso al periodista, le pide que lea bien la carta, se va sulfurando cada vez más, le dice que cambie de gafas, que miente, que eso que dice es “pura paja”: él nunca ofreció casas. Lo exhorta a respetar la verdad. “¿Entonces qué fue lo que ofreció con esas cartas?”, le pregunta desconcertado el periodista; “lotes con servicios”, responde RH. “Bueno, está bien, ¿cuántos lotes con servicios entregó?”, –“Ninguno”, contesta riendo RH, con una desvergüenza pasmosa, con una mezcla de candor y triunfo por la hazaña cumplida; como el niño que sabe que acaba de cometer una falta y mira expectante a sus padres pues, aunque está al tanto de que debería ser reprendido, confía en que con una carantoña esta será celebrada como una audaz picardía del chicuelo. 

Acepta que la promesa y el reparto de esos documentos, seriados y firmados en papel membreteado de su constructora, no era más que “una herramienta de campaña”. “¿Para ganar votos?”, pregunta otro periodista. “¡Ah, claro!, todo es para ganar votos […], ¿p’a qué voy a decir que era p’a perder votos?”.

Detengámonos un momento para subrayar un hecho trascendental: el personaje ríe sin pudor alguno al admitir su falta, lo cual ya es un poco extraño, pero lo más desconcertante es que su auditorio también. ¡Todos ríen con él! He ahí el misterio. 

¿Por qué terminan envueltos en este lazo fraudulento, validando con su risa la maniobra del candidato, celebrándola?, ¿en qué consiste esta maniobra?, ¿por qué en lugar de tomar distancia de él, disfrutan con la “simpatía” que irradia, y encubren con ella la violación de la ley y de la dignidad de los burlados?, ¿no sacrifican así su dignidad, al cohonestar con el transgresor?, ¿no se convierten en sus secuaces y hasta en su objeto?

Participar del lazo perverso

Hace más de 20 años Pío Eduardo Sanmiguel desentrañó este fenómeno. Se trata de un particular tipo de lazo social. Es aquel que opera cuando, por ejemplo, somos víctimas de un culebrero o de un vendedor que se mancha con tinta su camisa, la frota con una magnífica pomada… al cabo de unos segundos la mancha desaparece ante nuestros ojos con la misma rapidez con la que él ha vendido su producto y se ha bajado del bus; o cuando recibimos un billete falso, o nos hacen el famoso paquete chileno. 

Lo interesante de su análisis es que muestra cómo la corrupción no es únicamente producto de la transgresión del corrupto, sino que nosotros, los timados, los que resultamos “tumbados”, participamos activamente en ella –de manera entusiasta, incluso–, aunque bien inconsciente. Es decir que la corrupción es una particular forma de lazo social, que no opera sin nuestra complicidad. Una vez que nos han tendido la red, obvio, podemos plantear una objeción, pero la habilidad del transgresor para convocar nuestro propio deseo inconsciente de “ignorar” la falta, hace que en efecto la reneguemos con facilidad. Su falta y la nuestra, pues a esta altura, además de robados, hemos resultado colaboradores del ladrón, hemos participado de nuestro propio robo y no solo como víctimas, también como nuestros propios victimarios. Por eso, tiempo después, cuando caemos en cuenta, al dolor del despojo, y del ilícito del que hemos sido víctimas, se suma el de reconocer que de algún modo también nos robamos a nosotros mismos, nos sacrificamos por el otro que nos robó.

Ahora ya no nos resulta tan raro el hecho de que en la inmensa mayoría de estos casos tenemos la extraña sensación de que nos están robando, pero curiosamente quedamos paralizados, hipnotizados, no somos capaces de darle fe a esta sospecha ni de desenmascarar al ladrón y su falta. Lo mantenemos idealizado, creemos en él –de hecho, este es el principio de la creencia–, resguardamos al transgresor, nos hacemos sus garantes. Velamos su falta con el brillo de algún objeto, generalmente del orden de la mirada o la voz: la mancha en la camisa y su hipnótica desaparición, la particular sonrisa del timador, su extraño encanto, su envolvente discurso, su cálida gentileza, el brillo de la joya o del anillo que acaba de recoger y quiere “compartir con nosotros”, etc. Ese objeto, puesto allí en el lugar del ideal, subyuga, otorga un inmenso poder de dominación. 

Sin embargo, tratándose de RH y su pomada, hay algo distinto, novedoso: su insistencia en que se “respete la verdad”, en que en las cartas que distribuyó no dice eso, contrasta con el arrogante desparpajo con el cual declara que finalmente no entregó ni un solo lote. Así cubre la fechoría cometida. Como cuando expone orondo que él vende lotes de cinco por ocho metros a 100 millones, y luego de unos segundos de suspenso agrega sentencioso, con total cinismo, “eso es un atraco”. El auditorio vacila incrédulo un momento y luego estalla en risa; entonces RH lo ratifica: “sí… ¡eso es un atraco!”. 

Exhibir la falta, y confesar el goce con cinismo… encanta

Confiesa su atraco a cielo abierto y el goce que de ahí extrae –“eso es una delicia”, se le escucha en otro audio–… ¡y todos ríen!. Es cierto que su apariencia de anciano bonachón, enérgico, llano y cascarrabias le otorga un aire cómico que seduce, pero más allá de esto, que puede servir de pantalla, el verdadero resplandor que enceguece y oculta la transgresión, es el descaro con el que la confiesa. El fulgor de esa mostración impide ver, reflexionar en el delito por él mismo declarado.  Su truco es el de no tener truco. Descorrer orgullosamente el velo es su mejor velo. La súbita revelación del dolo crea el estupor, como cuando un exhibicionista descubre sorpresivamente sus genitales ante una menor de edad, o la herida en el abdomen, para que rápidamente le demos dinero, con tal de que esa llaga no nos mire más, reduciéndonos a pura mirada. Si ese exhibicionista fuera un poco más allá y cultivara el arte de hacer política en la contemporaneidad,  nos miraría una última vez y agregaría, ¡sí, es un atraco… y qué! 

RH también realiza sus exhibiciones con otro objeto pulsional: la voz. En el corto tiempo de campaña ya se han hecho famosas su cólera, sus insultos, sus trompadas. Por eso, como el entonces presidente Uribe, se hizo grabar vociferando, insultando y amenazando a un interlocutor al otro extremo del teléfono. El efecto de la voz lo ilustra muy bien un corto video en el que el actor Diego Trujillo se representa en trance de llamar al ya electo presidente RH, para el asunto de ir a conocer el mar –una de sus flamantes promesas de campaña–, y preguntar si además de los pasajes, la oferta incluía la comida y el alojamiento. No termina de hacer su pregunta cuando al otro lado responde la voz de RH, convertida en gruñido que profiere improperios y amenaza con pegarle un tiro si lo vuelve a llamar. Lo que quiero subrayar acá es la reacción de nuestro desprevenido colombiano: primero abre los ojos de manera desorbitada, luego gira muy rápido la cabeza mirando al lado, como buscando a alguien, después retira de manera refleja el teléfono de la oreja para mirarlo extrañado, estupefacto, porque esa voz lo mira desde ahí de donde sale. Finalmente, lleno de horror, destituido por un instante de su condición de sujeto, termina por botar el aparato con una mezcla de espanto y asco, para no quedarse en el lugar de puro objeto del goce vociferante del otro. Esto último es muy importante, pues de manera muy sencilla enseña que, pese a todo, hay posibilidad de introducir un acto que nos restituya como sujetos y nos permita salir de ese lazo y del dominio del otro. 

Retomemos entonces el, “sí… ¡eso es un atraco!”, la exhibición cínica de la falta. Como bien lo evidencia RH, el sistema ha institucionalizado el atraco: una familia no puede vivir dignamente en cinco por ocho metros cuadrados, y ninguna constructora ni ningún banco debería lucrarse veinte o más años por ese robo, tal como ahora lo hacen. A pesar de que esté amparado por cierta “legalidad”, todos sabemos que hay algo terriblemente ilegítimo en eso. Recordemos, por ejemplo, que la Corte Constitucional terminó con esa transgresión del UPAC, ruina de millones de colombianos y fuente de riqueza desmedida para cuatro o cinco. Ese sistema tenía todo un tinglado de legalidad y fue prohijado por varios gobiernos, cuyas campañas recibieron fuertes aportes de los banqueros. 

Pues bien, RH expone sin pena su falta. Pero su osadía no termina ahí, sino que a diferencia de los otros banqueros que se enriquecen sin hacer mucho ruido, bien ocultos, tapados con periódicos y una revista –cual habitante de calle–, él nos muestra con cínico orgullo la transgresión del sistema, en la que él mismo participa. No lo creó él, obvio, es solo uno más de los pocos multimillonarios que se lucran con el estado de inequidad al que se ha llevado el país, pero expone ese mal ante los reflectores, también el suyo, y el lugar de objeto al que se reducen los explotados en estos “negocios”. Lo hace con el desparpajo de quien sabe que, a pesar de ese mal, o gracias a él… él triunfa. Tal pastel tiene su cereza, que también le confiere singularidad al candidato: mientras los otros millonarios callan, no lo hacen público, él nos muestra el goce que experimenta al exprimir a esos “hombrecitos”.  

Margarita Rosa De Francisco criticaba en uno de sus trinos a los periodistas, señalando que a RH “se le entrevista como si fuera un niño chiquito o un loquito que dice cosas disparatadas y divertidas: siguiéndole la corriente entre la risa y el estupor”. Tiene razón, el estupor es propio de ese efecto hipnótico que afecta a muchos de sus seguidores. Sin embargo, aunque hay en él algo bien infantil, prima la figura del padre, una suerte de padre pueril, pero terrible, que no se ha podido separar de su propia madre. Su descontrol y su cólera a flor de piel constituyen la cara terrible de esa puerilidad.

Ofrecerse al padre en sacrificio

RH encarna la imagen de un padre que con sus “locuras” o rabietas de niño convida a ignorar su infracción, y a que nos sumemos a ella. Nos la ofrece como la vía para realizar esa vieja fantasía infantil,  presente en muchas niñas y niños, tan inconsciente como eficaz, de tener un padre dotado de los poderes más absolutos, que supere con creces los del papá de la realidad –incluso si ni siquiera lo conocieron–, que castigue cruelmente a sus hermanos y hermanas, y que más allá de esto y de manera mucho más gozosa –cosa que, como lo señala Freud, avergüenza tanto que difícilmente pueden confesar esta parte obscena de la fantasía–, los golpee con mayor fuerza a ellos mismos. En esa fantasía, las y los fantaseadores se ofrecen en sacrificio al padre, en complicidad con su infracción, para ser su paquete chileno: el niñito o niñita que reciba la golpiza paterna más fuerte, para ser a la vez, transgresor(a), y compinche de la transgresión del padre… al tiempo que se tiene todo su amor. ¿Recuerdan el “embrujo autoritario”?

Esta imagen paterna le agrega un inmenso poder al vínculo que ata al candidato con sus simpatizantes. No cualquiera de nosotros será aclamado al salir a exhibir su falta, no lo recomiendo. Para que esta forma de transgresión genere el embrujo del que aquí tratamos, se requiere que el timador esté en el lugar del ideal y que con sus maniobras ubique allí mismo ese brillante objeto, así este sea solo la pura falta, por ejemplo, la herida supurante de la que hablábamos antes. Y claro, en nuestra sociedad la figura del padre difícilmente puede ser superada en cuanto a connotaciones de poder e ideal. Sabemos bien el lugar que en nuestra tradición religiosa ha tenido el padre con sus heridas a ojos vistas, con sus tormentos y hasta con su sacrificio.

Por eso tenemos que añadir otro ingrediente muy importante a esta fórmula: la ubicación del objeto en ese lugar del padre ideal. Para decirlo como toca, como lo dice todo el mundo acá, hace falta que ese padre imaginario esté, como RH, “picho en plata”. La expresión revela de manera diáfana el fermento de ese objeto elevado al lugar del ideal, su condición de desecho, de objeto de goce: el dinero nos “apicha”. Nótese bien el giro que da este lazo social, pues en él sus seguidores –como los compradores de sus viviendas– quedan en el lugar del dinero, es de ellos que lo exprime, son su “vaca lechera”, el objeto que le proporciona su goce…, “¡una delicia!”, como él lo afirma.

Un viejito entrañable

Para algunos RH es entrañable. Ha tocado el corazón de una parte de la sociedad colombiana. Sintoniza maravillosamente con el alma popular. Su desparpajo, su franqueza, su desprecio por el protocolo o por formas elitistas, el uso de la lengua del pueblo, la confesión sin pena de su ignorancia, pues con su malicia y sus millones se da maña. Todo eso lo aproxima notablemente a las personas del común, al campo, sobre todo a la imagen del hacendado, del gamonal. “La gente como uno puede ser presidente!”. No hay que ser docto, ni leído, ni experto, ni de cuna noble para llegar allá, basta con ser bien verraco y hacer mucha plata. El candidato nos resulta familiar, recoge el recuerdo del finquero, pero más aun, los gritos del capataz, las vociferaciones del hacendado, el manotazo del amo, la malicia del terrateniente y, sobre todo, el fuete del padre. 

A muchos les resulta muy cercano, pues consciente o inconscientemente pervive en su memoria, hace parte de lo más familiar e infantil, aunque negado, oculto y desconocido de ellos mismos. Íntimo y extraño a la vez, ominoso: los golpes del padre o del padrastro; los escándalos, sus salidas de madre, sus amenazas, su torrente de insultos, la forma como se desgañitaba y atropellaba aquí y allá, siempre a los más débiles, a la mujer y a los hijos e hijas, o a aquellos que consideraba de una condición inferior a la suya. 

Si no vivieron esta figura representada en la de su propio padre, con seguridad la temían en la de algunos de sus vecinos, en el pueblo, en el barrio, en las ferias y fiestas, en la tienda llena de borrachos a la que les costaba trabajo entrar, en los senderos o las aceras que temían recorrer en la oscuridad, por el acoso, el dicho obsceno, la agresión. Todo esto, también tan entrañable, hace parte de lo que encuentran en la figura de este padre cuya imagen evoca el candidato. No me detendré en su misoginia, su cólera a flor de piel, tampoco en su caudal de insultos o en su facilidad para amenazar con pegarle un tiro a otro. Todo esto lo conocen los lectores. Por eso solo agregaré que, por extraño que nos resulte, esto constituye el núcleo fundamental de la fascinación que produce. El horror real y violento de la pulsión que busca satisfacción en la transgresión, tras el velo del amor al candoroso, temido y amado papito.

Estas agresiones que, de una u otra manera muchos y muchas hemos vivido o fantaseado, hacen parte de un largo y constante retorno. Fueron las agresiones que vivieron, ejercieron y sufrieron nuestros antepasados, los padres de nuestros abuelos y abuelas, nuestros padres. Hacen parte también de la violencia de esta larga guerra que tratamos de terminar. Difícil encontrar, entre los actores armados de todos los bandos, un solo combatiente cuyo contacto con la violencia no haya comenzado en el ámbito familiar, y que no haya asociado inconscientemente sus transgresiones de la guerra con aquellas reales o fantaseadas de la infancia. Muchos y muchas jóvenes entraron a la guerra tratando de huir de esa primera violencia, para terminar reeditándola. 

Todo lo cual se articula muy bien con el hecho de que, como parte del mismo lazo, en el país terminó por ponerse en el atractivo lugar del ideal, la impunidad, el triunfo de los despojadores al amparo de políticas estatales y de la corrupción; la consigna de que “la ley, como las mujeres, está para violarla” –expresada hace algunos años por un político uribista en una corporación pública–. Entonces, quien domina en este contexto es ese padre imaginario, verraco, el millonario, el despojador o el traqueto que, como ya vimos, transgrede la ley en lugar de representarla, exhibe su falta y sale fortalecido, tanto que bien podría decirnos mientras nos abofetea: “me limpio el culo con esa ley”, frase célebre del candidato. 

Estallido para tumbar al ídolo

Contra todo esto se levantó el estallido. Hace poco más de un año, el 28 de abril del 21, los jóvenes y buena parte de la sociedad produjo el estallido social, sin duda la más grande protesta en la historia del país. No hay espacio acá para explicar por qué con él la sociedad se sacudió por fin del lazo perverso, mafioso, y le planteó una objeción. La protesta que duró casi tres meses y fue violentamente reprimida por el gobierno Duque, con pérdida de vidas de muchos y muchas jóvenes, lesiones oculares y desapariciones que aún siguen en la impunidad, implicó en el fondo un enfrentamiento entre dos ollas: la comunitaria y la del narcotráfico. 

Pero más allá de este hecho, que podría parecer local, ubicado en los puntos donde fue más aguda la confrontación en las ciudades de Cali y Bogotá, donde el hervidero de participación comunitaria se manifestó en actividades recreativas, musicales, deportivas, de pinta de murales, de bibliotecas y huertas comunitarias y otra cantidad de actividades, todas en torno a la olla que calmó el hambre de miles de personas; más allá de esto esa olla que vino a perturbar el “libre mercado” de la olla de la droga en estos sectores y la participación de los jóvenes en ese comercio y en las violentas luchas entre facciones y bandas, de las cuales también participa la policía; más allá de esto, decíamos, el estallido se opuso a ese lazo mafioso generalizado en todo el país, que va desde los policías de estos barrios, pasando por funcionarios de distinto nivel, la minería, la deforestación, hasta los  generales implicados con la mafia y la misma Casa de Nariño, con presidentes que desde la década del 80 no han dejado de acceder al poder gracias a las mafias y a la corrupción.

No fueron las estatuas de los españoles, aquellas derribadas por los Misak, los únicos ídolos que cayeron en el estallido. A la voz de “¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”, coreada en 12.478 protestas, en 862 municipios del país (según datos del mismo gobierno), cayó el expresidente Uribe Vélez como máximo representante de ese lazo mafioso y de la imagen de padre transgresor. El país se hastió de su domino, de que nos llamara “hijitos”, de su retorno al poder bajo la figura de Iván Duque, de su afán de hacer trizas la paz, de su venganza, de su intento de precluir la ley, del retorno de las masacres, los asesinatos de líderes sociales, ambientalistas, defensores de derechos humanos, firmantes del acuerdo de paz, mujeres, indígenas y de jóvenes que, en tres años de este gobierno habían realizado ya tres paros nacionales y multitud de protestas. El país se cansó de la deforestación, de la explotación a saco de los recursos naturales, del retorno del desplazamiento, de los bombardeos a campamentos con menores de edad, de constatar los 6.402 crímenes realizados en mayor parte durante su gobierno, presentados como “falsos positivos”. 

Con el estallido la sociedad rechazó categóricamente el regreso del uribismo al poder, en el que desató toda su alevosía, cooptó todos los órganos de control, afectó notablemente el equilibrio de poderes. Pero sobre todo la sociedad rechazó el imperio de la impunidad, la corrupción, la exclusión y la terrible inequidad alcanzadas en este periodo. ¡Casi la mitad de la población en condición de pobreza!: lo que estalló fue el hambre y el atropello a la dignidad. 

Se entiende por qué la policía la tumbó varias veces en el Portal Resistencia, en Bogotá: la olla comunitaria fue el símbolo de la esperanza, de la participación, de la construcción de otro lazo social, del respeto a las diferencias, de otra ética distinta a la del enriquecimiento a ultranza, a la del todo vale, de otra forma de vida no fincada en la explotación. Alrededor de la olla jóvenes excluidos de aquí y allá se hicieron un espacio para “parchar”, para existir con dignidad. La expectativa es que ella se mantenga en el fogón, que se multiplique y que sea otra la olla desterrada.

El estallido consolidó la caída de Uribe, pero el uribismo continúa activo y, más importante aún, ese lazo mafioso se manifiesta en muchas de nuestras relaciones, nos atraviesa desde mucho antes del auge de la droga, se enraíza en los albores de nuestra historia nacional. El lazo mafioso, el lazo perverso es una de las formas que ha tomado en nuestro país lo que Lacan llamó el discurso del capitalismo, una forma particular de vínculo que impide el lazo social y la solidaridad; rechaza las cosas del amor. Muchos se ubican en él y lo hacen operar sin necesidad de tener contacto con “traqueto” alguno, o de consumir o transportar droga, o de prestarse para blanquear dinero. Opera en cosas tan cotidianas y elementales que implican ese esguince de la ley, ese pasar sobre los demás, esa renegación de las diferencias. Todo aquello que Antanas Mockus llamó alguna vez “la cultura del atajo”, o lo que popularizó el uribismo como “la jugadita”,  o el cambio de “un articulito”. Pero sobre todo implica el mandato superyoico de gozar del otro a como dé lugar, por encima de todo, de alcanzar el éxito, de que el fin justifica los medios, de que no hay límite. 

Contra todo eso se levantó el estallido social. Como si buena parte de la sociedad hubiera tomado el teléfono a la manera de Diego Trujillo, y lo hubiera soltado llena de fastidio, de rechazo, para no escuchar más el llamado de esas voces de odio. Fue explosión, pero no solo ruptura: produjo una incuestionable afirmación de la paz y un reclamo por el incumplimiento de los acuerdos por parte del gobierno Duque, la restitución de lazos, nuevos anudamientos, nuevos tejidos, juntanzas, mingas, caminos compartidos, intercambios, experiencias comunitarias, producciones colaborativas, reconocimiento de las diferencias, de la diversidad, cuidado de sí, de los y las demás, así como de la naturaleza, apertura de espacios de vida…, dignidad. 

Los efectos de su onda expansiva se manifestaron, entre otras cosas, en las elecciones parlamentarias que transformaron radicalmente el Congreso –esa es ya una importante ganancia–, y en la primera vuelta de las presidenciales, en las que la derecha sufrió una estruendosa derrota. La ciudadanía manifestó su rechazo al continuismo. Sin embargo, todo nos permite suponer que una parte de la sociedad “mató el tigre”, pero aún no se ha dado cuenta que todavía está sujeta al cuero y, convencidos de que RH es el cambio, están a punto de sacrificar este importante momento del país, ante la nueva figura de este viejo padre, encarnado en el candidato que promete arrasar con la corrupción, mientras él mismo está imputado y rechaza grotescamente la ley. 

Quizá la tradición de apelar a la memoria y al reconocimiento de los ancestros, de los sabedores y sabedoras, presente en muchas comunidades de nuestro país, indígenas, afros y campesinas, nos permita servirnos de otras formas del padre, de la madre; menos infantiles y menos edípicas, más anudadas a lo simbólico, al saber que respeta el arraigo y la diferencia, y a vivir de manera colaborativa y respetuosa, aportando cada uno su falta, su deseo, su sueño, en lugar de tratar de obturarla. Quizá nos permita vivir un tanto descentrados del “pienso luego existo” que nos ha traído hasta acá, para matizarlo con el  “soy porque somos”, necesario para vivir sabroso y caminar bonito, sin el goce de sacrificarnos a esos viejos “ídolos oscuros”.

Mario Figueroa

*El contenido de esta columna expresa la opinión personal del autor y no compromete la postura editorial del CIPADH

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