Rodolfo de Hamelin

A los y las jóvenes de hoy, a quienes también fueron niños o niñas:

Lo que más me preocupa de Rodolfo no es que sea un admirador de Hitler –incluso si esa declaración fue un lapsus, un error cometido en una vieja entrevista, este no hace sino confirmar que inconscientemente es devoto del führer–. Tampoco me preocupa que en el referendo haya votado no a la paz, ni que advierta que es mejor cerrar las universidades públicas, ni que promueva el fracking (aunque ahora ya se retractó), o que responda a trompadas a sus contradictores o los amenace con meterles un tiro –digno representante de la violencia de la que tratamos de salir–.

Ni siquiera me alarma que excitado confiese el goce que experimenta al exprimir mes a mes a cientos, a miles de “hombrecitos” a los que amarra con las hipotecas y llama su “vaca lechera”, ni que en un video pida de antemano coimas, un porcentaje del salario de cada uno de los futuros funcionarios, a quienes nombrará una vez posesionado, tal vez para reponer con creces el salario de presidente al que promete renunciar.

No me asusta lo orgulloso que se siente de su ignorancia, seguro de que como tiene plata y arrestos, eso cubre todas sus fallas y de que para odiar es mejor no saber –el odio exige otra pasión, la de la ignorancia–. Esto va de la mano con su desprecio por las instituciones, por las reglas del juego democrático y por los derechos humanos.

El problema no es su falta palmaria de conocimientos, porque hay cientos de campesinos y campesinas, de artesanos o de gente pobre que no ha tenido acceso a una educación letrada, pero que tienen una ética inquebrantable, una solidaridad a flor de piel, un espíritu democrático, una inmensa capacidad crítica, que no gozarían de moler a otros y que sabrían rodearse de expertos para ejercer bien un cargo público, manteniendo siempre su criterio. Pero esa ética es la que le falta al ingeniero, a quien lo arrastra, como él mismo lo confiesa sin ruborizarse, incluso riendo cínicamente, el disfrute del explotador que sojuzga a los demás.

Lo vi en una reciente entrevista por internet, con una cadena extranjera. Confieso que me inquietó el goce que se le nota en la risa y la mirada mientras se va saliendo de los chiros y comienza a temblar, a manotear, a bufar, hasta acercarse vociferando a la cámara, sin poderse controlar, como si se la fuera a tragar. Y eso que el periodista estaba cautivado, no lo increpó y se mostró todo el tiempo como un admirador del personaje.

Lo que es preocupante es la combinación de todos estos rasgos en un mandatario, sumado al éxito que tiene en el manejo de las redes. Pero lo que de verdad me alarma no es tanto él, como los otros. Es decir, la fascinación de quienes lo escuchan y terminan prendados de lo que el psicoanálisis llama el objeto voz, presente en este caso en esa mezcla de risa y cólera, de los movimientos firmes y enérgicos de sus brazos y puños, de arriba a bajo, de lado a lado, como lanzando golpes certeros, como un martillo humano; el índice siempre extendido, siempre señalando. Esa imagen contradictoria de fiera candorosa, a la que todo se le perdona mientras nos reímos de él, porque su imagen de viejito bonachón, bruto, desparpajado y francote, pero “picho en plata”, nos evoca ese anhelado papá protector y nos oculta su otra cara, más apetecida aun, pero más inconsciente: la de padre violador, macho remacho desbocado, autoritario, clasista, explotador.

Para muchos es la figura ideal con la cual esperaban identificarse, la demostración viviente de que un papanatas ignaro, pero “bien vivo”, puede tener éxito. Todos en el fondo, en algún punto hemos sabido que nuestro papá era un papa-natas (incluso, o más aun, si no tuvimos uno), pero al tiempo lo amábamos y lo queríamos lleno de dominio y de éxito. Es decir, mucho dinero, todo el poder y, por añadidura, licencia para realizar todas las transgresiones; qué importa si comienza con nosotros mismos, fascinados por su voz. Mejor aun, porque así realizamos una de las más ocultas fantasías de nuestra infancia: que un padre arrase con nuestros hermanos… pero sobre todo, que nos dé bien duro a nosotros.

De hecho Rodolfo Hernández ya explicó cómo haría para gobernar sin contar en el capitolio con congresistas de su cuerda: muy fácil, respondió, presentaría todos los proyectos de ley con carácter de urgencia y, acto seguido, si no se los aprueban, sacaría fotos gigantes de senadores y representantes y las exhibiría como “enemigos del pueblo”. Es decir, convocaría al otro gran objeto pulsional: la mirada; mientras el pueblo, supuestamente rendido a sus encantos de flautista de Hamelin, que más que deshacerse de las ratas, las dirige y les cobra cuotas, mira extasiado cómo él le da fuete a los políticos que se atrevan a oponerse.

En abril de hace un año, con el estallido social, ustedes, los jóvenes de todas las regiones del país se rebelaron contra el poder de ese fantasma mafioso, contra el padre que bajo la imagen de otro personaje de la vida nacional le da rejo a sus hijitos. Es hora de confirmar ese cambio, no volvamos a repetir esa forma de “servidumbre voluntaria”.

Esa sociedad es la que sí me daría miedo.

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Mario Bernardo Figueroa es Psicoanalista. Miembro fundador de la Asociación de Psicoanálisis de Bogotá (Analitica), y docente de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia.

El contenido de esta columna expresa la opinión personal del autor y no compromete la postura editorial del CIPADH

5 comentarios en “Rodolfo de Hamelin”

  1. Patricia Delgadillo Baquero

    Que triste que siempre estamos en manos de cafres ignorantes y corruptos que se enriquecen a costillas de los que si trabajan con mucho esfuerzo. Nuestro país siempre ha estado en crisis económica y social.

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