El reto de entender qué nos pasó

Los Diarios del maestro Pessoa inician con una metáfora que compara a la humanidad con un insecto. En ella, somos una especie de mosca, cegada, que quiere avanzar hacia la luz, sin darse cuenta de que un vidrio nos separa de la verdad. Para cruzar al otro lado, nos armamos de metodologías, de análisis y datos. Retrocedemos y examinamos la situación desde distintos puntos de vista. Sin embargo, nuestros esfuerzos sólo nos permiten un conocimiento limitado; a través del cual tomamos consciencia del cristal, entendemos su textura e incluso los puntos en los que es más grueso o delicado. Habrá otras moscas que avancen en sentido contrario y que, al no chocar con nada, se creen del otro lado, sin darse cuenta de que únicamente se alejaron de la verdad y sus complejidades.

Entre los fundamentalistas que afirman haber encontrado la verdad y los relativistas que creen que es imposible, la mayoría en medio aún creemos que hay una verdad que vale la pena buscar. En ese escenario, las comisiones de la verdad aparecen como instituciones que pueden construir un relato oficial que hable de lo que nos pasó y delinear un pasado común a través del cual es posible construir una nación unificada. 

Sobre la base de esta premisa nació la Comisión para el Esclarecimiento de La Verdad, que esta semana entregó su informe final titulado Hay futuro si hay verdad. El texto se compone por varios capítulos y miles de páginas que se esfuerzan por reconocer los múltiples dolores que causó el conflicto armado, amplificando la voz de una pluralidad de actores y abriendo un espacio a los rostros de la guerra. 

La información recopilada rigurosamente presenta una forma de entender lo que ocurrió en Colombia, que se distancia de un relato que simplificaba la realidad en un espejismo de buenos y malos, en el que las guerrillas eran las causantes de todos los males del país. Ante este demonio, las fuerzas militares aparecían como nobles redentoras que estaban recuperando al país del caos causado por el terrorismo. Esta fue la visión institucionalizada por el uribismo. 

A esa narrativa oficial, se opuso una memoria subterránea. Detrás de la niebla de esta versión, mientras las Fuerzas Armadas de Colombia gozaban de la popularidad más alta que hayan tenido (Invamer, 2021, p. 88), en 2008 el país se enteraba de que el Ejército Nacional estaba reclutando personas, en una estrecha alianza con grupos paramilitares, para asesinarlas y presentarlas como bajas en combate; por las cuáles los uniformados recibían premios que se traducían en dinero, permisos y ascensos. 

La lucha que familiares de las víctimas adelantaron cuestionó la versión simplificada del relato nacional. La reacción inmediata del poder fue la negación y el descrédito. Una vez el peso de los hechos fue tan grande que negar el asesinato de los jóvenes de Soacha era imposible, vino la justificación. Una frase que se grabaría en nuestra memoria colectiva: Los jóvenes de Soacha no estaban recogiendo café. La sentencia del expresidente Uribe, fue un intento por legitimar la ficción de la guerra. 

Eufemísticamente, la prensa llamó a esos asesinatos ‘falsos positivos’. Sus cifras se cuentan por los miles. La JEP arrojó un número: 6402. Sin embargo, hay otros análisis que hablan de 10.000 e incluso se afirma que una de cada tres bajas reportadas por el Ejército Nacional entre el 2002 y el 2010, periodo en el que Álvaro Uribe fue presidente de Colombia, era un ‘falso positivo’ (Rojas y Benavidez, 2017, p. 30). 

Nos enterábamos entonces de que el conflicto armado era más complejo de lo que pensábamos y que no existió un solo perpetrador, ni un solo grupo de personas al cuál culpar. El informe de la Comisión recoge esas versiones incómodas que cuestionan lo que creíamos saber y también presenta los crímenes cometidos por las guerrillas. Es innegable que su accionar armado derivó en dolores que pudieron evitarse y que se alejaron de los objetivos políticos por los que se alzaron en armas. Así lo reconocen los miembros del antiguo secretariado de las FARC en las audiencias públicas que ha venido adelantando la JEP.

Las nuevas voces que se incorporan a la narrativa nacional no pretenden negar esta situación. En cambio, añaden complejidad y nos permiten pensar en un pasado plural, en el que diferentes actores participaron de la barbarie que nos ha hecho merecedores al título de la peor tragedia del hemisferio occidental. 

A quienes incomoda la incorporación y el reconocimiento de los crímenes cometidos por la fuerza pública y que desnudan las perversas alianzas entre estos y los paramilitares, hay que decirles que no se trata de tomar partido por una sola versión, sino de ver nuestra historia desde el reconocimiento de múltiples dolores. De pensar un pasado en el que las guerrillas no son las únicas culpables de esta catástrofe colectiva y que incluso como ciudadanía tenemos una cuota de responsabilidad.

Negar el informe y llenarlo de adjetivos que lo desacreditan, como pretende la derecha más nefasta, diciendo que se trata de una versión sesgada simplemente por cuestionar el relato del uribismo, es la actitud propia de la mosca que se aleja del cristal, que simplifica el mundo y no comprende que la verdad es compleja e intrincada. Hay futuro si hay verdad nos arroja de frente al reto de entender qué nos pasó y de construir un porvenir en el que las heridas puedan sanarse. 

BIBLIOGRAFÍA

Invamer. (abril y mayo de 2021). Medición # 142. Obtenido de https://www.valoraanalitik.com/wp-content/uploads/2021/05/2021-05-Invamer-Poll.pdf

Rojas, O., & Benavides, F. (2017). Ejecuciones Extrajudiciales en Colombia, 2002-2010. Obediencia ciega en campos de batalla ficticios. Bogotá: Universidad Santo Tomás.

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